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La muerte es un acto solitario

 


Con un epígrafe alusivo al efecto del temperamento en el estilo del pintor, pronunciado por Henri Matisse, comienza el libro sobre la obra de la Entrerriana Olga Blanc. Su autora, Malena Baqueiro, fue compañera y colega en la facultad de bellas artes de La Plata allá por la década del ’60. En él no solo se inspira de manera extraordinaria, cordial y poética con sus textos sino que, además, nos muestra a modo de antología el excelso arte pictórico de la artista. Dice Malena: “Así fue Olga… todo color, fortaleza y belleza entrerriana”. Hojeándolo me extrémese y cautiva su obra, su legado. Me produce esa extraña sensación que causan las pinturas de un autor infrecuente, desconocido para uno. Los autores de esas obras desapercibidas e ignotas que nuestra propia incapacidad o inopia intelectual nos oculta. En este caso lo estimo más grave, al saber que la autora ha estado y trabajado aquí. Cerca, cercana. Hablando, pisando, sintiendo este mismo suelo. Me conmueve Olga Blanc, su extravagancia para pensar y hacer arte en las postrimerías de la soledad y del olvido (estos dos conceptos son desde mi pobre e incauta perspectiva); desde el interior del interior me intenta mostrar esa parte de lo artístico que todavía no comprendo. Olga parece ser así, constante; como el Rio Gualeguay que riega y fecunda las tierras de su Villaguay, así pinta ella: en el silencio y la soledad constante. Lo pienso de esa forma cada vez que veo o recuerdo la página 31 de ese libro, donde está la imagen de su acrílico sobre tela de 1990, que adjunto a este comentario. Se llama: “La muerte es un acto solitario”. 



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