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Entradas

La bendición del agua a los rayos celestes

Siguiendo a Camus, en su Sísifo, en algún momento siempre debemos elegir. Elegir entre sumisión o desobediencia. Y cuando esto es frente a una decisión o voluntad divina, esa decisión se nos torna mortal o definitiva. Hay en ello una expresión clara de las formas de dominación ante la absoluta libertad. Pero en esta oportunidad, para el Rey mitológico griego, el castigo termina siendo una dicha; la dicha del hombre en conciencia, de lo absurdo en alegría silenciosa, de la felicidad de la negación de los dioses. El mover una y otra vez la roca en conocimiento de su destino, en plenitud de saberse puramente humano, desestimando lo divino, Sísifo, es el hombre emancipado que elige las bondades de la tierra ante todo en este mundo irracional. En algún punto, siguiendo otra alegoría, el ser humano también podría ser la roca. Una roca maquinal. Autómata. Una roca que de no ser por quien la eleva hacia la cumbre, con su esfuerzo manual, estaría perpetuamente inmóvil, o peor aún móvil...

Opciones

En una mañana fría. El profesor entra al primer año de un colegio de la periferia estatal. Cansado, agotado. En el gélido salón, ante la multitud de chicos y chicas, humildes y harapientos, con vos penosa dice: — Han traído el trabajito que les pedí (utiliza el diminutivo para no sonar tan brusco, sabiendo que resulta inútil). Lentamente, se empieza a escuchar el ruido de los útiles en movimiento. Todos buscan entre sus cosas. Al momento, de atrás de todos, se levanta Luis, un famélico, moquiento y despeinado niño. Se acerca hasta el arruinado escritorio con sus manos detrás de la espalda como escondiendo algo. Se para frente al profesor y le dice: — Profe, le doy a elegir: ¿Qué prefiere, mi trabajo o lo que tengo en mi mano? —¿Cómo dices?  —Le contesta azorado el profesor. —Si, elija qué prefiere. Debe elegir una o la otra. No vale cambiar. — Pero Luisito, ¿Qué tienes ahí detrás? — No sé. Usted elija y verá. — ¿Por qué me propones esto?  —Le dijo extrañad...

Chet

Los ilusos y torpes vivimos así; en medio de un sueño inalcanzable. Adquirí una trompeta pensando en imitar a Chet Baker; su estilo portentoso, su mágico swing, su suave ritmo: ¡Ay! No problem, no problem, no problem. El loco de Chet me conmueve, pero estoy tan sólo cerca de su música por la mera admiración. Con el tiempo (muy escaso por cierto) me di cuenta que tocar, al menos parecido a él, me era imposible, tan siquiera tocar, en verdad, me era posible. Tengo que alejarme de la música. ¡Ay! No problem, no problem, no problem. De todas formas hay algo en él que me resulta más fácil de comprender y llevar a cabo; su estilo de vida. Su locura fuera de la música. Su carácter aventurero. El ido y antisocial que conmueve desde su arte virtuoso, aquello que para muchos es un mérito y que lo hace aún más extravagante. De todas formas sólo logro copiar, cada noche una y otra vez, su última escena en la ventana de Ámsterdam y ni así conservo su estilo, su gracia. ¡Ay! No problem, no p...

El problema con que todos vivimos

Cuando desde la multitud insultante surgió la voluminosa y espesa saliva de esa mujer caucásica y anónima que rozó el zapatito blanco de la pequeña Ruby, ella, la sintió pesada como si fuera descalza. Era como ácida y le carcomía la piel hasta el dolor. Esto se repetía en sueños posteriores que, algunas veces ya de grande, solía tener. Era siempre el mismo sueño. Un sueño desencajado y atroz donde la constante era siempre la misma: la incomprensión. Norman Rockwell, en su obra, no se animó a tanto. Hasta para él era obsceno replicar esa imagen. Decidió entonces remplazarla por algo más trivial. Cambió el escupitajo por una simple verdura en clara alusión a ese agravio atroz. Sobre todo si se hace con tanta vehemencia que al dar sobre el muro estalla en un potente rojo tomate, se vuelve aún más verosímil. La patrulla federal la escolta con brazaletes amarillos; tratando de reflejar así una ley que se sostiene solo por su carácter coercitivo.  Protegían de las ultrajantes ba...

Todo es una película

Un pequeño niño de cinco años debuta actuando en un music hall oyendo murmullos y susurros. Sin saber que con el tiempo será un protagonista central del naciente séptimo arte. Pero también, de un hecho minimalista que lo marcará de igual o mayor medida para toda su eximia carrera artística. Ese momento nimio es el siguiente: en un pasillo tras bambalinas, en un pequeño estudio de grabación, de un incipiente poblado de California, donde hacía poco se había trasladado la ignota industria cinematográfica huyendo de los altos impuestos de la city neoyorquina, en plena entreguerra, allí este muchacho Británico, que comenzaba a dar sus primeros pasos en el cine, escuchó de pasada, de quién sabe — algún técnico, productor o simple transeúnte —, el murmullo que se le grabó para siempre: “Everything is a movie”. Esa frase conmovió a Charles Chaplin, aquel joven, que en esos recovecos de Hollywood se sintió perplejo. Al escucharla descubría, o caía en la cuenta; sobre la fragilidad de lo co...

Las máscaras

En la vorágine estridente de su definición artística, Marion Lipov, encontró abreviadamente la manera de conducirse con un lenguaje artificial. Pareciera, a priori, otra faceta de la aplicación de lo falaz y la consecuente perturbación del habla y el engaño, pero trasmuta en ella el apercibimiento de una realidad inalcanzable que nos mantiene al vilo. Su obra, invariablemente, se basa en una sola premisa y sus múltiples derivaciones: la mentira. Lipov es dueña de una sutil forma de captación de una posverdad expresada como forma del desatino y el absoluto.   La primera obra que vi de la genial dramatu rga Serbia fue “Escondidas” en un pequeño teatrillo de Buenos Aires, hace ya un tiempo. Aquella ocasión me dejó perplejo y con el sabor a poco, producto de mi propia confusión y extrañamiento. La escena teatral, de solo tres personajes que protagonizaban cuatro actores, consistía en provocar la intriga y la dureza impostada del espectador. No fue hasta que tuve la suerte de vo...

El columpio de Fragonard

Mientras Gustav mece el columpio con ímpetu y alegría para júbilo de su amada, esta lo disfruta contenta y animada. Pero mientras ella se regocija con apariencia impertérrita por la situación: hay algo más. No sólo la emoción del movimiento estridente la excita, también la ocultación de un secreto, un pequeño secreto pasional que produce una adrenalina mayor. La agreste escena muestra el contraste del vértigo de lo mundano y el disimulo de lo prohibido. La pasión es ese estado posible de exaltación que nos alimenta el cuerpo. Marlene con su vestido crema experimenta pasionalmente el momento. Entre lo lúdico y lo sorpresivo, el momento se vivifica al mecerse pero, también, por el observador oculto; Patrick, quien desprovisto de toda vergüenza le hace notar su mirada opulenta entre ramales para que ella goce. Marlene enterada, procede a jugar con Patrick, saludando discreta y flameando su vestido; deja caer su zapato a la vista y sapiencia del observante indecente, y ante el desc...